sábado, 3 de abril de 2010

Memorias de Eduardo

Será que antes de partir, cuando aún te sentía vivo, dejaste en mí los últimos recuerdos de tu sonrisa en mi mente. Sin verte, dejaste tu último aliento en mis sentidos. Ahora que me siento en tu lugar, aquél que ocupaste tantas tardes después de tomar una siesta, casi puedo sentir tu presencia cuando retomo los libros que te dejé para compartir contigo. Las memorias de Adriano me hacen pensar que tú, a tu modo, fuiste el emperador de mi vida, hasta que decidí marcharme. Hoy te extraño, te extraño como solo se puede extrañar al ser más importante, que más daño y que más alegrías te ha entregado en la vida. Me diste vida, me diste tristeza, me diste felicidad, me diste zozobras. No quisiera decirlo, pero al marcharte mi ser ha adoptado algunas manías incluso, de las que tú tenías. Te extraño pero a la vez te fuiste y me dejaste más libre que nunca, para ser y decir lo que es necesario para mí. Siempre te agradeceré lo que me heredaste, lo bueno y lo malo, tu sonrisa, tus chistes, tus ademanes, tu trabajo, tu dolor y tu vida siempre quedarán en mí, a travès del tiempo, a través de la vida propia.

Recordarte con cariño y con dolor al mismo tiempo es mi día a día, tenerte y no tenerte es la realidad que me han de seguir hasta el último día de mi vida. Tengo que decir que sé todo y acaso sé poco de tí, pues conozco la parte paterna que en su afán de otorgar una buena educación, me ocultó la parte humana, de hombre que quizás me hubiera hecho conocerte mejor. Sin embargo, aún recuerdo cómo me contaste de aquella emoción que te provocaba el haber leído a Shakespiere, los poemas de amor que hacían que tu corazón me pareciera más humano que nunca, a diferencia de esa parte fría y calculadora que casi siempre me mostraste y que según me dicen, conservaste hasta el último de tus suspiros.

Llevo por dentro el ejemplo de la fortaleza y de la debilidad que viviste, mi hermano y yo siempre te recordaremos, aquél quizá con más defectos, yo más como el señor de mis días, el hombre que me dió mi primer libro, que me empujó al camino de la sabiduría, y de quien tantas veces anhelé un abrazo, un poco más de humanidad y menos frialdad...

Así, quisiera terminar de revisar los papeles que dejaste, pero me quiebro conforme leo, conforme intento imaginar lo que sentiste al leer tal frase, al colocar tu puño en el papel, quizás pensarías en mí, tanto como yo pensaba en tí y como seguiré pensando hasta que no haya más tiempo para pensar en tí.

Hasta siempre, hasta siempre Eduardo, emperador de mi casa, rey del jardín de mi sabiduría, forjador de la mujer que soy hoy, defectos y virtudes conjugados en mí.

No hay comentarios: